
21 de mayo de 1982. Mientras la flota británica desembarcaba en San Carlos, un piloto argentino escribía una de las páginas más audaces de la Guerra de Malvinas. Owen Crippa, teniente de Navío de la Aviación Naval Argentina, despegó desde Puerto Argentino en un misión de reconocimiento que terminó en un ataque suicida contra la Royal Navy.
Nacido en Sarmiento, Santa Fe, Crippa se había formado como piloto en la Armada Argentina. Aquel día, su avión era un Aermacchi MB-339, una aeronave de entrenamiento con apenas un cañón de 30 mm. Sin bombas ni tecnología sofisticada, su misión era solo observar. Pero al avistar la flota enemiga —más de media docena de buques de guerra—, decidió actuar.
En un vuelo rasante, casi rozando las olas, Crippa atacó al HMS Argonaut. Sus disparos impactaron en la línea de flotación, inutilizando radares y sistemas de comunicación. Aunque no logró hundirlo, dejó al buque fuera de combate. Bajo un diluvio de fuego antiaéreo, esquivó los ataques volando a menos de 10 metros del agua, desapareciendo entre los buques como un fantasma.
Pero Crippa no se retiró. Sabía que, si regresaba sin pruebas, nadie creería la magnitud de la flota enemiga. Hizo una segunda pasada, dibujando un croquis detallado de las posiciones británicas. Su informe fue crucial: horas después, la aviación argentina lanzó un masivo contraataque.
Por su valor, Crippa recibió la Cruz al Heroico Valor en Combate, convirtiéndose en el primer piloto en atacar a la Royal Navy durante la guerra. Su avión, vendido como chatarra tras el conflicto, fue recuperado en 2025 y pronto será exhibido en Sunchales, cerca de su hogar.
La historia de Crippa no es solo un relato de guerra: es el coraje de un hombre que, con un avión improvisado, desafió a una de las armadas más poderosas del mundo.